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La lombricultura desde la óptica de un protagonista:
Vermy, l@ lombriz californiana

 

 Capítulo 1

Venimos de los barcos

 

Me llamo Vermy y soy una lombriz roja. Mis antepasados llegaron a América, la tierra de la libertad, viajando como polisones en el barco “Intrépido” de la marina Británica. Habían partido del puerto de Bristol en enero de 1652 escondidos entre las raíces de una planta de fresa. No es extraño que se embarcaran rumbo a tierras tan lejanas, mi raza, la Eisenia fetida, es nómada y aventurera. Lo que seguro les llamará la atención es que una simple lombriz pueda hacer este relato. Los animales tenemos una habilidad que los humanos llaman instinto y nosotros Mente Cósmica. La conducta de los humanos responde a la química de un órgano rudimentario que tienen en la cabeza.  El cerebro piensa por ellos, nosotros en cambio somos mente. Cada átomo del Cosmos, incluyendo los átomos de los seres humanos, es mente.  

En América mis ancestros viajaron incansablemente de Este a Oeste siguiendo las boñigas de las manadas de búfalos y la basura que dejaban a su paso las caravanas de colonos. Es que nuestra fuente de alimentación son los desechos orgánicos y nos encanta el estiércol.  

Durante siglos participamos, de un bando y de otro, en los grandes eventos de la historia norteamericana. Luchamos junto a los casacas rojas durante la Guerra de la Independencia y en las filas de los pieles rojas contra el general Custer. En pleno macartismo nos trataron de rojillos pero nunca pudieron probarlo. Otras lombrices se alistaron con la Unión para abolir la esclavitud. Por eso cuando ondea la bandera americana se nos ve deslizándonos bajo un cielo estrellado. 

Una rama de mi familia se dirigió a California atraída por  clima benigno y un estilo de vida más liberal, pero todo cambió radicalmente. En 1930 Thomas Barret sometió una población de lombrices a un oscuro cautiverio. Durante 16 años obligó a mis hermanas a convivir en un creciente hacinamiento para hacerlas producir toneladas de humus. Algunas pudieron escapar y continuaron silvestres, pero el resto fue domesticada. En donde antes vivían dignamente 300 gusanos por metro cuadrado debieron arreglarse 3.000 en total promiscuidad. Estos barrios bajos son conocidos con el nombre de cunas o lechos, lo que resulta una ironía ya que no hay un sitio donde echarse a descansar. El panorama era similar al de las clases trabajadoras aglomeradas en los tugurios de Londres. En las décadas  siguientes las cunas se fueron superpoblando hasta alcanzar los 30.000 gusanos por metro cuadrado ¡Toda una pesadilla malthusoniana! 

Ustedes se preguntaran porque mis congéneres no huyeron a la libertad. Muchas lo intentaron, pero fueron devoradas por gallinas y patos que rondaban el perímetro para eliminar la genética migratoria. Las que permanecieron dentro de los muros de las cunas se hicieron cada vez más sedentarias como el resto de los norteamericanos. Los sucesores de Barret nos enviaron como mano de obra esclava a granjas de lombricultura de todo el mundo. Para estas hermanas Estados Unidos es la madre patria como lo fue África para los negros esclavos.  

Entre las lombrices arrancadas de su amada tierra estaban mis padres, que pasaron de las grasosas basuras de California a la frugal compostera de un argentino vegetariano que los liberó de la esclavitud. El desarraigo de mis progenitores fue compensado con una vejez apacible en un jardín de los suburbios de Buenos Aires.

En Bernal nací y pasé los mejores años de mi infancia retozando en humeantes pilas de verdura fermentada y cáscaras de calabaza. De golpe llegué a la universidad donde los milpiés nos perseguían por ser unos rojos de mierda. Pero esa es otra historia. 


Autosuficiencia Press


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